Second Sunday of Easter-Divine Mercy Sunday, April 12 Homily
April 12
English
Today, on this Second Sunday of Easter, the universal Church celebrates the feast of Divine Mercy. Divine Mercy is a beautiful devotion revealed to us through St. Faustina Kowalska, which recalls for us how Jesus comes to us now as our merciful Savior. To tell you a little about St. Faustina – she was a Polish nun, who in 1931, after only being in the convent for less than five years, began receiving apparitions of our Lord Jesus Christ. On that first occasion, Jesus appeared to Faustina with rays of light radiating from His heart – one red, the other pale in color. He said to her, “These two rays issued forth from the very depths of My tender mercy when My agonized heart was opened by a lance on the Cross.”
Now, even though we’re already into the Easter season, I want you to think back to that day when Jesus’ agonized heart was opened by a lance on the Cross – Good Friday. On that day, Jesus died on the cross for us. His suffering was terrible – those brutal wounds from the nails that pierced His hands and His feet – for each one of us.
But, if indeed those wounds were signs of His passion and death, then why do they still appear on His body after His resurrection? We just heard in the Gospel today, which took place that first Easter Sunday: “On the evening of that first day of the week…Jesus came and stood in the disciples’ midst and said to them, “Peace be with you.” When he had said this, he showed them his hands and his side.” In other words, even though Jesus defeated sin and death, He did not shun nor hide the very wounds that killed Him. Why? Because it was those very wounds that saved and healed us! And these scars are the proof – the proof that Jesus really died because He really loves us, and that He really is risen from the dead!
When we think about it, though, we all have scars. Some are physical – like this one I have on my head from when I fell down the steps at my grandmother’s house as a kid. Other scars are hidden – emotional wounds from the past – the marks from the people and situations that have hurt us.
Let me tell you a lesson that the Lord has taught me. When you get a cut – if you don’t clean it out, and it tries to start healing, infection might set in. Then, the old wound might need to be opened up and cleaned out so it can properly heal. Well, the same is true with wounds of the spiritual, emotional, and psychological sort. Time may go by, and a rough, callous exterior – a scab – might develop as a form of protection. But, deep down, unless God’s mercy touches that old wound to heal it, it will just continue to fester and at times flare up.
How do we let God’s healing in? Through what we call mercy. That word mercy comes from the Latin word, ‘misericordia’, which is composed of two smaller words, ‘cor’, meaning “heart” – think, coronary, and ‘miseri’, meaning “those suffering” – think, misery. But what misericordia – mercy – means, is that Jesus is taking our miseries into His heart – His Sacred Heart. And what that means is that we can personally experience in our hearts – not just in some general or generic way – the compassion and the tender pity from the depths of God’s heart that He has for me in my sins.
And where do we experience the compassion and the tender pity from the depths of God’s heart that He has for me in my sins? In the Sacrament of Reconciliation. How much we need the Father’s healing mercy that comes to us through this sacrament. As St. Faustina tells us in her diary, “The Sacrament of Reconciliation not only obtains for us God's forgiveness, but also heals the soul of the wounds of sin.” Truly, God’s healing is for you personally and for each and every one of us. God bless you.
Español
Hoy, en este Segundo Domingo de Pascua, la Iglesia universal celebra la fiesta de la Divina Misericordia. La Divina Misericordia es una hermosa devoción que nos fue revelada a través de Santa Faustina Kowalska, la cual nos recuerda cómo Jesús viene a nosotros ahora como nuestro Salvador misericordioso. Para contarles un poco sobre Santa Faustina: ella fue una religiosa polaca que, en 1931 comenzó a recibir apariciones de nuestro Señor Jesucristo. En aquella primera ocasión, Jesús se le apareció a Faustina con rayos de luz que emanaban de su corazón: uno de color rojo y el otro de color pálido. Él le dijo: «Estos dos rayos brotaron de las profundidades mismas de mi tierna misericordia cuando mi corazón agonizante fue abierto por una lanza en la Cruz».
Ahora bien, aunque ya nos encontramos en el tiempo pascual, quiero que retrocedan con el pensamiento a aquel día en que el corazón agonizante de Jesús fue abierto por una lanza en la Cruz: el Viernes Santo. En aquel día, Jesús murió en la cruz por nosotros. Su sufrimiento fue terrible —esas heridas brutales provocadas por los clavos que traspasaron sus manos y sus pies—; y todo ello, por cada uno de nosotros.
Pero, si en verdad esas heridas eran signos de su pasión y muerte, ¿por qué siguen apareciendo en su cuerpo después de su resurrección? Acabamos de escuchar en el Evangelio de hoy —relato que tuvo lugar en aquel primer Domingo de Pascua— lo siguiente: «Al atardecer de aquel primer día de la semana... Jesús se presentó en medio de los discípulos y les dijo: "La paz esté con ustedes". Dicho esto, les mostró las manos y el costado». En otras palabras: aunque Jesús venció al pecado y a la muerte, no rehusó, ni ocultó aquellas heridas que le habían causado la muerte. ¿Por qué? ¡Porque fueron precisamente esas heridas las que nos salvaron y nos sanaron! Y estas cicatrices son la prueba: la prueba de que Jesús murió realmente porque nos ama de verdad, ¡y de que verdaderamente ha resucitado!
Sin embargo, todos nosotros tenemos cicatrices. Algunas son físicas, como esta que tengo en la cabeza, que recibí al caerme por las escaleras en casa de mi abuela. Otras cicatrices permanecen ocultas: heridas emocionales del pasado, las marcas dejadas por las personas y las situaciones que nos han lastimado.
Permítanme compartirles una lección que el Señor me ha enseñado. Cuando sufrimos un corte, si no lo limpiamos, podría sobrevenir una infección. En tal caso, es necesario volver a abrir la vieja herida y limpiarla a fondo para que pueda sanar adecuadamente. Pues bien, lo mismo ocurre con las heridas espirituales, emocionales y psicológicas. Puede transcurrir el tiempo y desarrollarse una capa exterior áspera y endurecida —una costra— a modo de protección. Pero, en lo más profundo, a menos que la misericordia de Dios toque esa vieja herida para sanarla, esta simplemente continuará supurando y, en ocasiones, se reabrirá con dolor.
¿Cómo permitimos que entre la sanación de Dios? A través de lo que llamamos misericordia. Esa palabra, «misericordia», proviene de dos palabras cor, que significa «corazón», y miseri, que significa la miseria – la condición de sufrir. Pero lo que misericordia significa es que Jesús toma nuestras miserias y las acoge en Su corazón: Su Sagrado Corazón. Y esto implica que podemos experimentar personalmente en nuestros propios corazones —y no solo de una manera general o genérica— la compasión y la tierna piedad que, desde las profundidades de Su corazón, Dios siente por mí en medio de mis pecados.
¿Y dónde experimentamos esa compasión y esa tierna piedad que, desde las profundidades de Su corazón, Dios siente por mí en medio de mis pecados? En el Sacramento de la Reconciliación. ¡Cuánto necesitamos la misericordia sanadora del Padre, que nos llega a través de este sacramento! Como nos dice Santa Faustina en su diario: «En el Sacramento de la Reconciliación no solo nos obtiene el perdón de Dios, sino que también sana el alma de las heridas del pecado». La sanación de Dios es verdaderamente para ti y para todo el mundo. Que Dios los bendiga.
